Lo
siguiente apunta a la necesidad de reconocer el trabajo que realizan los docentes, para lo cual deben valorarse sus funciones y las modalidades de ejecución de las mismas y conlleva el compromiso de directores y supervisores por transformar sus prácticas y, así, trabajar por su misma profesionalización.
De aquí, el título de este trabajo: la disyuntiva de los directivos por apegarse a la norma o tomar decisiones para actuar conforme a las necesidades del entorno, con el consecuente problema de combinar ambas cosas. Es relevante, entonces, recuperar el qué-hacer de los mismos ante los procesos que contemplan cambios educativos. Retomando a Santos Guerra (1994), las actividades directivas pueden identificarse con:
Tareas pedagógicamente pobres, como:
• Controlar al profesorado.
• Atender a la burocracia.
• Asegurar el orden.
• Exigir el cumplimiento. (Sin ellos cumplir ninguna)
• Arreglar desperfectos. (Oficina del Director)
• Imponer castigos. (Sin justificación alguna y fuera de reglamento)
• Suplir a los ausentes. (De los colaboradores cercanos que son un cáncer para la escuela)
• Velar por la limpieza.
O bien, comenzar a ejecutar tareas pedagógicamente ricas, como:
• Coordinar el proyecto educativo.
• Estimular al profesorado.
• Propiciar el perfeccionamiento docente.
• Cohesionar al equipo.
• Investigar sobre la práctica.
• Favorecer un clima positivo.
• Desarrollar los valores.
• Impulsar el entusiasmo.
• Ayudar a quienes lo necesiten.
Tareas como las mencionadas ¿No dignificarían el trabajo de dirección y supervisión?, No aseguran contar con espacios escolares competitivos en calidad?, ¿No nos colocarían ante la posibilidad real de comenzar a realizar cambios positivos encaminados al aprendizaje de los alumnos?
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